El prestigio de Coremex continúa derrumbándose. Y lejos de mostrarse una mejora o la vuelta de confianza por parte de los trabajadores, el caos interno y la desconfianza de la gente sigue creciendo hacia el sindicato en la planta de FUGRA Lerma, ya que el reciente despido del delegado sindical Carlos Gamboa se ha convertido en un catalizador para que el malestar contenido durante años por las bases trabajadoras estalle en otros centros de trabajo.
Lo que inició como una crisis focalizada en Lerma ha escalado a un cuestionamiento regional. Trabajadores de empresas como Gates Rubber y Sablón han comenzado a alzar la voz de manera coordinada, sumándose a una ola de denuncias que apunta directamente a la cúpula sindical liderada por Miguel Meneses. Los testimonios, recolectados a las afueras de los centros de trabajo, dibujan un patrón sistemático de abandono y opacidad.
“Nos descuentan pero cuando hay un problema de verdad, los delegados brillan por su ausencia”, declaró un operario de Gates Rubber, quien prefirió el anonimato por temor a represalias. Esta queja se repite como un eco en Sablón, donde los empleados denuncian que las cuotas sindicales son excesivas y no se ven reflejadas en mejores condiciones laborales. “Cobran cuotas elevadas, no nos representan, no atienden nuestros problemas, no han mejorado nuestras condiciones laborales y no transparentan el destino de las cuotas”, es la frase que unifica el descontento en ambos complejos industriales.
Si bien estas acusaciones no son nuevas en la trayectoria de Coremex, la diferencia radica en la pérdida del miedo. El suceso de FUGRA, donde quedó al descubierto la alineación de la dirigencia sindical con los patrones para acallar demandas legítimas, desató un efecto dominó. La salida de Gamboa, demostró la fragilidad de los representantes sindicales frente a los intereses de la cúpula, incentivando a los trabajadores de otras razones sociales a romper el pacto de silencio.
El hartazgo se centra en la figura de Miguel Meneses, señalado por operar un sindicalismo de protección que sofoca los intentos de democracia interna. Las bases de Gates y Sablón comienzan a articularse, exigiendo auditorías claras sobre el uso de sus aportaciones. “No sabemos a dónde va nuestro dinero, pero seguro no es a nuestros bolsillos ni a nuestra seguridad”, sentenció otro trabajador. La presión, que ahora es multifocal, amenaza con convertirse en una bola de nieve imparable para la central obrera.
